El uniforme de gala

Acabamos de merendar y subí los 3 escalones que me separaban de la barra, donde tenía que pedir los cafés para llevar para el resto de la familia. La escalera era estrecha y subí de la mano de mi hija pequeña, Manuela, mientras la mayor acababa de ponerse el abrigo.

Beatriz Díaz
Beatriz Díaz | Creadora
25/01/2024 | Actualizado: 25/01/2024 25/01/2024
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El uniforme de gala
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Vuelvo al blog después de tiempo. No sé si ya lo he mencionado por aquí pero parte de mi naturaleza es la falta de constancia en determinadas acciones. Me desinflo con facilidad, así que tengo que aprovechar los impulsos para avanzar.

El día que pasó lo que os voy a contar ahora, tuve muy claro que tenía que escribir sobre ello en el blog, porque de algo cotidiano saqué muchos aprendizajes sobre la maternidad, mejor dicho, sobre mí.

Aquel día, mi marido nos esperaba en un parque con su madre y su tía a la que acababan de sacar de la residencia para dar un paseo. Mis hijas y yo nos metimos en una cafetería para merendar porque las niñas no aguantarían en el parque sin pedir comida.

Era una cafetería de esas de franquicia, sin mucho encanto pero con una zona de juegos. REPITO: CON UNA ZONA DE JUEGOS, para que los niños y niñas se entretuvieran mientras las familias toman café. ¿Qué por qué hago hincapié en esto? Porque el marco, pensaba yo, estaba creado para que episodios como el que iba a acontecer se pudieran dar.

Acabamos de merendar y subí los tres escalones que me separaban de la barra, donde tenía que pedir los cafés para llevar para el resto de la familia. La escalera era estrecha y subí de la mano de mi hija pequeña, Manuela, mientras la mayor acababa de ponerse el abrigo. Al subir el último peldaño me fijé que había un grupo de tres hombres esperando para bajar, uno de ellos llevaba una bandeja con cafés. Lucidez absoluta. Un flashforward de lo que iba a suceder me sacudió y me puso inevitablemente en alerta, la alerta que en muchas ocasiones se enciende en nuestro cerebro innecesariamente y que hace que acabemos, las madres, completamente agotadas al final del día.

En esta ocasión la alerta no fue innecesaria pero sí llegó tarde. Cuando me giré ya había sucedido: mi hija mayor había embestido sutilmente a aquel hombre, que como podía realizaba equilibrios para evitar que las tazas cargadas de café cayeran. Lamentablemente no sirvió para nada.

Qué mal todo. Podéis pensar que soy una exagerada pero a partir de ahí viví una situación muy desagradable que todavía me pellizca el corazón, no por mí, sino por mi hija. Mi vergüenza, mi enfado, mi desesperación hicieron que no supiera sostenerla en aquel momento y que ella no supiera gestionar lo que había pasado.

Al señor le pedí mil disculpas, me ofrecí por supuesto a pagarles los cafés y el tinte… No quiso. Él, controlando el enfado que parecía más bien decepción, me dijo que justo después de aquel café tenía un acto oficial con ese que era su uniforme de gala (no daré más detalles de cómo iba vestido no vaya a ser que sea el suegro de alguna). La embestida de mi hija le iba a hacer parecer un desaliñado delante de un grupo de personas. Más culpa para mí.

Sin embargo lo que me dijo después… eso sí que me dolió, porque me pilló con la guardia baja y porque fue a meter el dedo en la herida, las que se producen en la maternidad: puso en duda mi capacidad de educar a mi hija para que supiera comportarse en público.

Espera, espera.

Se puso él como ejemplo con su hijo (ya mayor) ya que nunca había vivido una situación similar, porque el niño sabía comportarse en según qué entornos.

Ay. 

Directo a la línea de flotación. No supe reaccionar, no quería empeorar la situación y me jode, porque pensándolo en frío me hubiera gustado responderle que él no era NADIE para cuestionarme como madre, que él no tenía ni idea de cómo educo a mis hijas. Que había sido un accidente y que sí, lo lamentaba pero estaba en una cafetería con más niños (HOLA RINCÓN DE JUEGOS) y que estas cosas podían pasar.

Pero me callé. Estábamos las tres calladas. Mi hija me miraba con los ojos bien abiertos intentando leer en mi cara las consecuencias de su acto. Y no la sostuve como debí. Solo recuerdo una nube de vergüenza, indignación y enfado.

Me giré para pedir a la camarera una bayeta y que les pusiera de nuevo los cafés. El señor se negó, con desdén pero sin aspavientos. Y la camarera, en la que yo esperaba encontrar un poquito de apoyo, algo donde agarrarme a respirar, me miró con reprobación y me hizo más pequeña aún de lo que me estaba sintiendo.

Qué rabia me da recordarlo y no haber actuado de otra forma. Qué rabia me da haberme sentido así. 

Salimos de la cafetería en cuanto pudimos y me agaché para hablarles (a la pequeña también le cayó reprimenda por no parar quieta durante la escena). Un bola de rabia hizo que les hablara bajito pero con un grito reprimido de esos que raspan la garganta y que salen por los ojos. No recuerdo lo que las dije, pero sé que fui muy dura y poco contenida con mis palabras. Y comenzaron a llorar desesperadamente. Yo también lloré de rabia mientras caminaba rápido y ellas me seguían. 

Por un momento las hubiera dejado allí. Llevaba además los cafés de la mano y los hubiera estampado contra el suelo. Estaba sobrepasada. La situación me había quitado el control, el control de madre.

El camino hasta el parque lo hicieron llorando pero me sirvió para silenciar la rabia un poco. Candela se lamentaba por lo mal que lo había hecho y eso me hacía sentir más culpable porque verla llena de vergüenza y de responsabilidad mal entendida, me partía el corazón. 

Ella me preguntaba qué le iba a pasar a ese señor por ir sucio y yo, ya desde otro lugar más calmado, le quitaba importancia porque estaba comprobando con estupor que le había trasladado a mi hija la capacidad de sobreempatía que tanto me había hecho sufrir, al cargar en exceso con los problemas de otros.

Por ir acabando, ella pidió que no contáramos la anécdota cuando estuviera delante porque le hacía sentir mal de nuevo. Y empezamos a contarla como una historia divertida, algo que escribiremos en el libro de las trastadas. 

Hoy, meses después, le he vuelto a preguntar por aquello y me dice con media sonrisa que prefiere no recordarlo. Yo sí quiero recordarlo, y escribirlo me ha ayudado a identificar las cagadas que cometí, y las que cometieron conmigo, para no permitir que vuelva a pasar.

Y tú, si te has sentido identificada conmigo en algún momento de esta historia, te abrazo fuerte. Si quieres nos tomamos un café en la cafetería de los tres escalones.

Seguimos.

 

 

 

 

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